Que huelan, que acaricien, que quiten los zapatos, que desabrochen los corpiños (…), que dejen la ropa puesta, que sepan que arrodillarse es un regalo bendito que no inclina de por vida pero da gracia como cuando se toca el piso en el subibaja porque se sabe que es envión hacia un aire bendito, que festejen el hambre y que dejen lo mejor para el postre. Y que haya postre. Y, después, sobrecama, porque el sexo también se espera en el mejor abrazo, el mas sabio, el que amortigua la subida infinita.


-Luciana Peker

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